En 2015, el secretario del Instituto Karolinska de Estocolmo se plantó frente a las cámaras y anunció el que Nobel de Medicina iba para Tu Youyou. Desde 1965, cuando entró en la Academia China de Medicina Tradicional, Tu Youyou se había metido de cabeza en una larguísima carrera por analizar todos y cada uno de los remedios que la milenaria civilización china había ido seleccionando.

La mayoría de ellos eran pura pseudociencia, claro. Una mezcla de superstición, credulidad y placebo. Sin embargo, escondido entre la superchería, había auténticas joyas. El mejor ejemplo es la artemisinina, un revolucionario tratamiento contra la malaria.

El trabajo de Tu Youyou demostró que, si nos acercamos con una mirada científica, las medicinas tradicionales esconden cosas interesantes. El mejor ejemplo es la sopa de pollo.

¿La sopa de pollo? La sopa en general, de hecho. A lo largo y ancho de (al menos) las culturas occidentales, la sopa se ha venido usando como un remedio utilísimo frente al resfriado, la gripe y, en general, la inmensa mayoría de enfermedades respiratorias que nos suelen afectar en invierno… pero ¿qué hay de cierto en todo eso?

Es decir, ¿es eficaz la sopa de pollo? Y la respuesta es, sorprendentemente, que sí. Como es evidente, la sopa (de pollo o de lo que sea) no cura enfermedades. Las enfermedades respiratorias invernales están causados por patógenos (principalmente virus) y, como mucho, las sopas pueden ayudar a ‘suavizar’ los síntomas relacionados.

¿Es poco? Será poco, pero (teniendo en cuenta que la mayor parte de los tratamientos médicos en personas sin riesgo es el paracetamol y el agua) es bastante. Así que vayamos por partes.

Hidratación y temperatura. Guadalupe Blay, responsable del Grupo de Trabajo de Endocrinología y Nutrición de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia, explicaba hace unos meses en El Periódico de España que la sopa una comida especialmente interesante porque el cuerpo “necesita hidratarse y además ayuda a mantener la temperatura corporal”.

Tiene sentido, las recomendaciones habituales en caso de enfermedades respiratorias invernales es estar hidratado y ajustar la temperatura de la habitación. Además, el consumo de “líquidos templados puede aliviar el dolor de garganta y la congestión nasal”.

La respuesta inflamatoria. Hace más de 20 años, un equipo de la Universidad de Nebrasca estudió si la ‘utilidad’ de la sopa en todo tipo de enfermedades respiratorias comunes podía estar vinculado a las propiedades ‘antiinflamatorias’ de ese tipo de comidas. El estudio, en efecto, encontró ese efecto, pero era pequeño y, al tratarse de un estudio de laboratorio, esto impedía que se pudieran extrapolar las conclusiones. Se necesitaba más investigación, pero en estas dos décadas nadie ha ido más allá.

Y es lógico, claro. Las lógicas (y, sobre todo, los recursos necesarios) para poner en marcha un estudio capaz de arrojar luz sobre el asunto, lo hacen inviable. Tenemos un ramillete de estudios, pero nada que nos cartografíe la cuestión con la calidad que nos gustaría.

Un consenso creciente. Sea como sea, el consenso entre los especialistas es cada vez mayor. Como explicaba Colby Teeman, profesor asistente de Dietética y Nutrición de la Universidad de Dayton, la sopa “tiene beneficios reales para la salud”. Es “rica en nutrientes esenciales, como proteínas magras, vitamina B, hierro y zinc”.

Y, además, en línea con lo que decimos, es muy efectiva para “mantener la hidratación, aliviar la congestión nasal y a reducir la inflamación de las vías respiratorias”. En esta línea, algunos trabajos han encontrado un efecto positivo sobre los senos nasales. Y, de hecho, siempre según Teeman, “en comparación con el agua caliente, los estudios demuestran que la sopa de pollo es más eficaz para aflojar la mucosidad”.

JAVIER JIMÉNEZ

@dronte

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