Bogo, Cebú, 30 de septiembre de 2025 — Cuando el suelo comenzó a temblar a las 9:59 de la noche, Maria Santos estaba viendo la televisión con su familia en su modesta casa en Bogo. En cuestión de segundos, los muebles comenzaron a caer, las paredes se agrietaron y el techo amenazó con derrumbarse sobre ellos. «Los niños gritaban, yo no sabía qué hacer. Fue como si el mundo se acabara», relató Santos, quien, junto a su esposo y sus tres hijos, logró salir corriendo antes de que su hogar se viniera abajo. Ahora, como miles de filipinos afectados por el terremoto de magnitud 6.9, Santos y su familia duermen en un refugio temporal, rodeados de otros supervivientes que, al igual que ellos, lo perdieron todo en cuestión de minutos. «No tenemos nada, pero al menos estamos vivos. Eso es lo que importa», dijo con lágrimas en los ojos, mientras abrazaba a su hijo menor, quien aún tiembla cada vez que siente una réplica.
El sismo, que tuvo su epicentro cerca de Bogo y una profundidad de solo diez kilómetros, no solo dejó al menos 20 muertos y decenas de heridos, sino también un paisaje de destrucción que ha cambiado la vida de miles de personas para siempre. En la isla de Bantayan, un centro educativo colapsó, dejando a padres y maestros en un estado de angustia mientras buscan a los niños que podrían haber estado dentro al momento del temblor. «No sabemos si había alumnos en ese momento. Es una pesadilla no tener respuestas», confesó Ana Reyes, una maestra que ha pasado las últimas horas ayudando en las labores de rescate. Mientras tanto, en el municipio de Daanbantayan, la iglesia de Santa Rosa de Lima, un símbolo histórico construido en 1858, perdió parte de su fachada, dejando al descubierto la fragilidad de las estructuras antiguas frente a la fuerza de la naturaleza. «Es como si hubiéramos perdido un pedazo de nuestra historia», lamentó el padre José Alvarez, quien, a pesar del daño, sigue ofreciendo consuelo a los fieles que acuden al templo en busca de esperanza.
Para muchos, el terremoto ha sido un recordatorio brutal de la vulnerabilidad de Filipinas, un país que se encuentra en el Anillo de Fuego del Pacífico y que, cada año, enfrenta decenas de sismos y erupciones volcánicas. «Sabemos que vivimos en una zona de riesgo, pero cuando pasa algo así, te das cuenta de lo poco que podemos hacer para protegernos», reflexionó Javier Reyes, un joven de 22 años que fue rescatado de entre los escombros de una tienda que colapsó en el centro de Bogo. Reyes, quien sufrió heridas leves, ahora ayuda a otros como voluntario en un centro de evacuación, donde las historias de pérdida y supervivencia se entrelazan en un mosaico de dolor y esperanza. «Vi a una madre buscando a su hija entre los escombros. Eso no se olvida», contó con la voz quebrada, mientras ayudaba a repartir agua y alimentos a los afectados.
Las autoridades han desplegado equipos de emergencia para evaluar los daños y coordinar las labores de rescate, pero el acceso a algunas zonas sigue siendo difícil debido a los derrumbes y las carreteras bloqueadas. «Estamos haciendo todo lo posible para llegar a las comunidades afectadas, pero la magnitud del desastre es abrumadora», declaró un portavoz de la Oficina de Defensa Civil de Filipinas, quien también advirtió que las réplicas podrían continuar durante los próximos días, manteniendo a la población en un estado de alerta constante. Mientras tanto, en los refugios temporales, las familias intentan reconstruir sus vidas con lo poco que tienen, apoyándose unas a otras en medio del caos. «Perder mi casa es doloroso, pero lo que más duele es ver a mis vecinos sufriendo. Todos estamos en esto juntos», dijo Lourdes Fernandez, una maestra que ahora ayuda a organizar la distribución de alimentos y agua.