Era un miércoles cualquiera hasta que, alrededor del mediodía, Microsoft Azure colapsó. Lo que comenzó como un error en la configuración de Azure Front Door se convirtió en una cascada de fallos que afectó desde el correo electrónico de Outlook hasta los servidores de Minecraft y las plataformas de pago de aerolíneas como Air New Zealand. Los usuarios, acostumbrados a la inmediatez digital, se encontraron con pantallas de error y tiempos de carga interminables.

La reacción en redes sociales fue inmediata: #AzureDown y #MiércolesNegro se volvieron tendencias globales, mientras empresas y gobiernos reportaban pérdidas millonarias. Microsoft, que horas antes había anunciado récords de ingresos gracias a su alianza con OpenAI, vio caer sus acciones un 3.6% en bolsa tras el incidente. Aunque la compañía logró restaurar los servicios en menos de 24 horas, el daño ya estaba hecho: la confianza en la nube se resquebrajó, una vez más.

Este no es un caso aislado. Solo semanas antes, AWS sufrió una caída similar, evidenciando que, en la era digital, la resiliencia de la infraestructura es tan crucial como su capacidad.

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