En una liga donde las superestrellas cambian de ciudad casi tantas veces como de zapatos, Stephen Curry está a punto de lograr algo casi extinto: jugar toda su carrera en una sola camiseta. La extensión de dos años y US$116 millones acordada con los Golden State Warriors —con opción de jugador para la temporada 2028-29— llevaría al base hasta su vigésima temporada, todas con la franquicia que lo eligió séptimo en el draft de 2009, cuando nadie imaginaba que el hijo de Dell Curry redefiniría el deporte. La lista de lo construido en ese lapso es simplemente histórica: cuatro campeonatos de la NBA (2015, 2017, 2018 y 2022), dos premios de Jugador Más Valioso —incluido el primero unánime en la historia de la liga—, doce selecciones al Juego de Estrellas, el liderazgo histórico en triples que ya parece una estadística de otro planeta, y una revolución táctica que transformó el basquetbol en todos sus niveles, con niños de todo el mundo intentando imitar su tiro desde la mitad de la cancha. A pocas semanas de iniciar su temporada 18, Curry promedia aún números de élite y mantiene a Golden State en la conversación de contenders del Oeste, y el comunicado oficial del gerente general Mike Dunleavy lo retrató como «nunca ha habido una mejor cara para una franquicia en la historia del deporte profesional, tanto dentro como fuera de la cancha». La frase podría sonar a hipérbole de oficina, pero en el caso de Curry es casi un diagnóstico: su impacto en la comunidad de la Bahía, su imagen impecable y su lealtad lo han convertido en el atleta más identificado con una sola ciudad desde Kobe Bryant con Los Ángeles. Si cumple el contrato, se retirará en 2029 con casi 41 años y la satisfacción de no haber vestido otra camiseta.
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