«Me inundó la boca como un tren de carga». Así describió la tía de Debbie Wilson Potts —difunta, y conocedora personal de Steve Henson— su primera probada del aderezo que cambiaría la gastronomía estadounidense. Esa frase, atesorada por la familia propietaria del Cold Spring Tavern de California, el primer restaurante en servir el aderezo de Henson fuera de su rancho, captura la fuerza con la que el ranch conquistó los paladares del país: de un campamento de fontaneros en Alaska a los estantes de todos los supermercados de Norteamérica.

La sensación de descubrimiento que describe esa anécdota se convirtió en un caso de estudio del espíritu emprendedor americano. Henson, contratista de fontanería en Anchorage, creó el aderezo en los años cincuenta para que sus trabajadores comieran verduras sin protestar; al retirarse a California con su esposa, lo sirvió en Hidden Valley, el rancho turístico que abrieron en 1956, y ante la demanda de los huéspedes lo convirtió en un negocio por correo de mezcla seca. En 1972 vendió marca y receta a Clorox por 8 millones de dólares; la empresa embotelló una versión de larga duración en 1983, y el resto es historia: desde 1992 es el aderezo de ensalada más vendido del país.

Lo que distingue al ranch de otras modas alimenticias es su transformación en fenómeno cultural. Algunos escritores lo han bautizado como el «gran condimento americano» y, de forma menos halagadora, como «extravagante y vulgar». Es objeto de libros de cocina enteros, de un restaurante dedicado a su sabor y de infinitos debates en redes sobre sus límites: ¿pertenece en la pizza? ¿En las papas fritas? ¿En todo? La propia industria lo ha entendido como un activo de nostalgia: Nick Higgins, ejecutivo de la empresa matriz de Hidden Valley Ranch, admite que la marca «aprovecha ese sentimentalismo y fomenta la afición por la salsa ranchera».

Los datos respaldan el fenómeno. En 2017, el 40% de los estadounidenses nombró al ranch como su aderezo favorito, según la Association for Dressings and Sauces. En 2024, sus ventas alcanzaron los 1,300 millones de dólares, superando al kétchup como el condimento de mayor valor en la gastronomía del país, con presencia dominante en el segmento de restaurantes: el ranch se solicita hoy «en todo, desde ensaladas hasta pizza, pasando por todo tipo de sándwiches y aperitivos», según el análisis del sector.

La crítica académica también lo ha canonizado. Paul Freedman, en su libro «La cocina estadounidense y cómo llegó a ser así», lo sitúa junto al sushi y la rúcula entre las modas culinarias de los años 80 —la década que también regaló al país los Doritos Cool Ranch—, y sostiene que, tras cuarenta años de popularidad sostenida, el ranch no es una moda pasajera sino un elemento estructural de la identidad gastronómica del país. De las cocinas de obra de Alaska al debate viral de la pizza, el ranch demuestra que los sabores más humildes pueden escalar hasta lo más alto de la montaña cultural.

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