El viernes 4 de octubre de 2025 pasó a la historia como el día en que, por primera vez en casi dos años de guerra, Hamás aceptó sentarse a negociar un acuerdo de paz propuesto por Estados Unidos. «Hemos aceptado algunos elementos del plan de Trump», declaró el grupo en un comunicado, incluyendo la liberación de los rehenes restantes y la entrega del poder a un organismo palestino independiente. Pero detrás de esta aparente apertura se esconden tensiones profundas, intereses ocultos y un ultimátum que podría cambiar el curso de la historia en Oriente Medio. Trump, quien horas antes había amenazado con desatar «un infierno como nunca antes se ha visto» si no se llegaba a un acuerdo, ahora se encontraba en una posición incómoda: presionar a Israel para que detenga los bombardeos, mientras Hamás exige garantías que Netanyahu no está dispuesto a conceder.

El plan de paz —negociado en secreto durante meses con la mediación de Egipto y Qatar— incluye tres puntos clave: la liberación inmediata de todos los rehenes israelíes, el desarme de Hamás y la creación de un gobierno palestino independiente que administre Gaza. Israel ha aceptado el marco general, pero Hamás ha dejado claro que no entregará sus armas a una administración extranjera, sino a un futuro organismo palestino. «Estamos dispuestos a ceder el poder, pero no a rendirnos», declaró Abu Marzouk, uno de los líderes del grupo, en una entrevista con Al Jazeera. La distinción es crucial: para Hamás, esto significa que no habrá ocupación israelí en Gaza, pero para Israel, la falta de un desarme verificable es un riesgo inaceptable. «No podemos confiar en que Hamás cumpla su palabra», advirtió un alto funcionario israelí. «La última vez que confiamos en ellos, obtuvimos el 7 de octubre».

El silencio de Israel ante el llamado de Trump a detener los bombardeos es elocuente. Netanyahu, quien ha basado su supervivencia política en la promesa de «destruir a Hamás», se enfrenta a una crisis de legitimidad. Si acepta el alto al fuego, su coalición de derecha podría colapsar; si lo rechaza, arriesga la relación con Estados Unidos, su mayor aliado. «Estamos en una trampa», confesó un asesor del primer ministro. «Si paramos los bombardeos, Hamás dirá que ganó. Si seguimos, Trump nos abandonará». Mientras tanto, en Gaza, los palestinos —que han sufrido más de 30,000 muertos, según la ONU— ven el acuerdo como una última esperanza. «Cualquier cosa es mejor que esto», dijo un padre mientras buscaba entre los escombros de lo que alguna vez fue su casa.

Pero el diablo está en los detalles. Hamás ha aceptado liberar a los rehenes, pero no en 72 horas, como exige el plan de Trump. «Algunos cuerpos podrían tardar días o semanas en ser localizados», admitió Abu Marzouk, una declaración que generó indignación en Israel, donde las familias de los rehenes exigen respuestas inmediatas. «¿Cómo podemos confiar en ellos si ni siquiera pueden decirnos dónde están nuestros seres queridos?», preguntó la madre de un rehén en una manifestación frente a la residencia del primer ministro. Además, Hamás insistió en que el futuro de Gaza debe decidirse con el consenso de todas las facciones palestinas, lo que incluye a grupos más radicales que podrían sabotear cualquier acuerdo.

Mientras las negociaciones avanzan en Doha y El Cairo, donde los mediadores egipcios y qataries intentan cerrar las brechas, en Washington Trump enfrenta su propio dilema. Si el acuerdo fracasa, tendrá que decidir si cumple su amenaza de un «infierno» —lo que implicaría un apoyo total a una ofensiva israelí sin precedentes— o si retrocede, arriesgando su credibilidad en una región donde la percepción de debilidad puede ser fatal. «Trump está jugando con fuego», advirtió un analista de Oriente Medio. «Si presiona demasiado a Israel, Netanyahu podría ignorarlo. Si no presiona lo suficiente, Hamás no cederá». En medio de este juego de ajedrez geopolítico, los palestinos de Gaza solo piden una cosa: **»Que paren los bombardeos, aunque sea por un día»*.

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