El reloj en la pared de la oficina de Sarah Johnson se detuvo a las 3:45 p.m. del viernes pasado. Ese fue el momento exacto en que recibió el correo electrónico que cambiaría su vida: «Debido al cierre gubernamental, su empleo ha sido terminado con efecto inmediato». Sarah, una analista del Departamento de Educación con 8 años de servicio, es solo una de las miles de víctimas del shutdown más prolongado en siete años, un conflicto político que está dejando a su paso un rastro de desempleo, desesperación y frustración.

El problema comenzó el miércoles pasado, cuando el Congreso y la Casa Blanca no lograron llegar a un acuerdo sobre el presupuesto federal. El punto de disputa: los subsidios del Obamacare, que los republicanos quieren recortar y los demócratas se niegan a tocar. «Los demócratas están causando la pérdida de muchos empleos», declaró el presidente Donald Trump desde el Despacho Oval, mientras afuera, en las calles de Washington, los empleados públicos comenzaban a recibir sus cartas de despido. Pero la realidad es más compleja: ambos bandos han contribuido a este estancamiento, y mientras se lanzan acusaciones, son los ciudadanos comunes los que pagan el precio.

El impacto económico ya es visible. Según la Reserva Federal, cada día de shutdown le cuesta a la economía $800 millones. Los pequeños negocios que dependen de contratos gubernamentales están al borde de la quiebra, y los programas sociales -como el WIC, que provee asistencia nutricional a mujeres y niños- podrían suspenderse en cualquier momento. «Esto no es solo un problema político, es una crisis humanitaria», declaró un economista. Pero en el Capitolio, los líderes de ambos partidos siguen culpándose mutuamente sin ofrecer soluciones reales.

Lo más doloroso es que esto ya ha pasado antes. En 2018, durante el primer mandato de Trump, el gobierno cerró durante 35 días, el shutdown más largo de la historia. Ahora, con una economía aún frágil tras la pandemia, los expertos advierten que las consecuencias podrían ser catastróficas. «Si esto continúa, podríamos ver una recesión antes de fin de año», advirtió un analista del Brookings Institution. Pero en Washington, nadie parece estar escuchando.

Mientras los políticos discuten, en las calles, la gente sufre. «Tengo dos hijos y un préstamo estudiantil que pagar. ¿Qué se supone que debo hacer ahora?», preguntó desconsolada Lisa Martínez, una empleada del Departamento de Agricultura que recibió su carta de despido el lunes. Su historia es un reflejo de lo que está sucediendo en todo el país: oficinas cerrando, servicios suspendidos y trabajadores siendo despedidos sin previo aviso.

El senador John Thune, líder de la mayoría republicana, admitió que el estancamiento podría prolongarse. «Mientras los demócratas lo quieran, esto puede durar indefinidamente», declaró en Fox News, dejando claro que no hay un final a la vista. Pero lo que Thune no mencionó es el costo humano de esta batalla política. En Maryland, un veterano de la guerra de Afganistán que trabajaba en el Departamento de Asuntos de Veteranos recibió su carta de despido el lunes por la mañana. «Arriesgué mi vida por este país, y ahora me dejan tirado como si no importara», confesó, con la voz quebrada.

El problema central es que nadie está dispuesto a ceder. Los republicanos insisten en recortar los subsidios del Obamacare. Los demócratas se niegan a negociar algo que consideran un derecho fundamental. «No podemos permitir que se recorten los subsidios de salud solo para que Trump pueda decir que ganó», declaró la líder demócrata Nancy Pelosi. Pero mientras los políticos discuten, son los trabajadores como Sarah y Lisa los que sufren las consecuencias.

Lo más irónico es que este shutdown podría haberse evitado. En marzo, cuando el gobierno enfrentó una situación similar, los demócratas cedieron y aceptaron una extensión de seis meses para los subsidios. Pero esta vez, ninguno de los dos bandos está dispuesto a retroceder. «Esto se va a poner incómodo», advirtió Thune, mientras en las calles, los manifestantes exigen una solución. «No somos peones en un juego político», gritó un empleado del Departamento de Transporte frente al Capitolio. «Tenemos familias que alimentar». Pero en Washington, nadie parece estar escuchando.

Mientras el shutdown entra en su segunda semana, la pregunta que todos se hacen es: ¿cuándo terminará este sufrimiento? Pero en el Capitolio, los políticos siguen jugando al quién parpadea primero, y son los ciudadanos comunes los que están pagando el precio de su orgullo y su incapacidad para llegar a un acuerdo.

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