En una ciudad donde el costo de vida es uno de los más altos del mundo, miles de personas duermen en las calles cada noche. Entre ellas, las mujeres sin hogar enfrentan no solo la falta de un techo, sino también un riesgo desproporcionado de violencia. El asesinato de Shivonne Thompson, estrangulada bajo un paso elevado en Harlem, ha puesto de relieve una crisis que muchos prefieren ignorar: la vulnerabilidad extrema de las mujeres sin hogar en Nueva York y la impunidad con la que operan sus agresores.
Thompson, de 44 años, era una de las más de 4,000 mujeres sin hogar en la ciudad. En 2015, había compartido con un periodista su lucha diaria: vivir con $820 mensuales por discapacidad, pasar los días en bibliotecas buscando trabajo sin éxito, y tomar medicamentos para su esquizofrenia. «Tengo miedo de morir en la calle», había dicho. Diez años después, su miedo se hizo realidad. Su cuerpo fue encontrado el 1 de julio de 2025 con signos de estrangulamiento y múltiples traumatismos. Las autoridades acusaron a Audoine Amazan, de 38 años, un hombre con antecedentes de agresiones contra mujeres en situación de calle, de su asesinato.
El caso de Thompson no es un incidente aislado. Según un informe de la Coalición para las Personas Sin Hogar, las mujeres sin techo tienen un riesgo 10 veces mayor de sufrir violencia física o sexual en comparación con la población general. En Nueva York, donde más de 80,000 personas carecen de vivienda, las mujeres representan alrededor del 40% de esta población, pero son víctimas en más del 60% de los casos de violencia reportados.
Amazan, el principal sospechoso en el caso de Thompson, tiene un historial de agresiones contra mujeres vulnerables. La fiscalía alega que su ADN fue encontrado en el cuello, la vagina y la zona perianal de la víctima, lo que sugiere una agresión sexual antes del asesinato. Además, se le vincula a otros dos casos: uno en noviembre de 2024, cuando una mujer sin hogar denunció una agresión sexual, y otro en el que una mujer fue violada en el tejado de un edificio de NYCHA. «El acusado tiene antecedentes de atacar a personas cuyas circunstancias vitales les dificultan denunciar su abuso», declaró la fiscal adjunta Danielle Turcotte.
El problema va más allá de los individuos violentos. Es un fallo sistémico que deja a las mujeres sin hogar en una posición de extrema vulnerabilidad. Los refugios para mujeres son escasos y a menudo están saturados. Los servicios de salud mental son insuficientes para atender la demanda. Y cuando estas mujeres son víctimas de violencia, enfrentan barreras adicionales para denunciar: miedo a no ser creídas, desconfianza en las autoridades, y en muchos casos, la falta de un lugar seguro al que ir después de denunciar.
«Es un ciclo de violencia y abandono», explicó María Rodríguez, directora de un refugio para mujeres en el Bronx. «Muchas de estas mujeres han sufrido traumas previos, como abuso doméstico o violencia sexual, que las llevaron a la calle en primer lugar. Y una vez allí, se convierten en blancos fáciles para depredadores como Amazan».
El caso de Thompson ha generado indignación en la ciudad. Activistas y organizaciones que trabajan con personas sin hogar exigen más recursos para protección y prevención. «Necesitamos más refugios seguros para mujeres, más patullaje en áreas donde duermen personas sin techo, y programas de salud mental accesibles», enumeró Rodríguez. «Pero también necesitamos un cambio cultural. Las personas sin hogar no son invisibles. Son nuestros vecinos, nuestras madres, nuestras hermanas. Merecen vivir con dignidad y seguridad».
Mientras Amazan enfrenta cargos de asesinato en segundo grado, la ciudad se enfrenta a su propia responsabilidad. ¿Cómo es posible que, en una de las ciudades más ricas del mundo, miles de mujeres duerman en las calles, expuestas a la violencia? ¿Por qué los servicios sociales fallan una y otra vez en proteger a las más vulnerables? El asesinato de Thompson no es solo una tragedia individual, sino un síntoma de un sistema roto que necesita ser reparado con urgencia.