Un sistema diseñado para la escasez
Para entender por qué la grasa corporal es esencial, hay que mirar hacia atrás: durante cientos de miles de años, la supervivencia humana dependió de la capacidad de almacenar energía en tiempos de abundancia para atravesar los de escasez. Ese mecanismo —el tejido adiposo— sigue operando hoy, aunque vivamos rodeados de comida. Los adipocitos, las células grasas, absorben el exceso de nutrientes (convertidos en glucosa, aminoácidos y ácidos grasos) y lo almacenan como lípidos, aumentando de tamaño.
Pero la ciencia contemporánea ha dado un giro conceptual clave: el tejido adiposo no es un depósito inerte, sino un órgano endocrino activo. Mikael Ryden, del Instituto Karolinska, lo describe como una bóveda especializada que administra la energía según la demanda. Elif Oral, endocrinóloga de la Universidad de Michigan, insiste en su función hormonal: «Tenemos que querer a nuestra grasa. Desempeña una función biológica muy importante».
La leptina: la alarma que apaga el pánico
El personaje central de esa maquinaria es la leptina, la hormona más estudiada del tejido adiposo. Su mensaje al cerebro es tranquilizador: hay reservas suficientes. «El cerebro puede casi relajarse», explica Oral, y ese estado permite priorizar funciones costosas como la reproducción y la respuesta inmunitaria. Cuando la grasa escasea y la leptina cae, el cerebro interpreta la escasez y entra en «modo de inanición»: desactiva lo prescindible y descompone músculo para obtener energía.
A ello se suman otros roles: la grasa blanca funciona como aislante térmico, mientras que la parda y la beige —con células especializadas— queman energía para generar calor.
La evidencia epidemiológica incómoda
Los riesgos del exceso de grasa son bien documentados (cardiopatías, diabetes tipo 2, ciertos cánceres, osteoartritis). Pero la epidemiología también registra la «paradoja de la obesidad»: las personas con obesidad que sufren enfermedad cardiovascular tienen menor mortalidad por esa causa que los pacientes delgados con la misma afección. Varios estudios asocian reservas adiposas en la mediana edad y la vejez con mejor supervivencia ante eventos graves — infecciones, ictus, episodios cardíacos.
Los rangos de referencia y la precisión de las mediciones
Como orientación, hombres adultos sanos oscilan entre 10 % y 20 % de grasa corporal; mujeres, entre 20 % y 29 %. Pero «es muy difícil establecer un intervalo exacto», advierte Ryden: varía por sexo, etnia e individuo. Incluso en atletas de élite, los datos sorprenden: en escaneos DEXA de más de 700 deportistas, los mínimos registrados fueron 10 % y 16 % — varios participantes creían tener 1-2 %.
Para el monitoreo cotidiano, las herramientas domésticas fallan: los pliegues cutáneos arrojan cifras engañosamente bajas, las básculas bioimpedancia se alteran con la hidratación y el IMC no distingue músculo de grasa. Los indicadores más fiables y accesibles son las relaciones cintura-altura (0.4-0.49 como rango saludable) y cintura-cadera (>0.90 hombres, >0.85 mujeres, señal de alerta), que aproximan la grasa abdominal central, mejor marcador de salud metabólica que el peso total.
La moraleja científica, en palabras de los propios investigadores: la grasa es «a la vez poderosa y hermosa» — y el objetivo nunca debe ser su eliminación extrema, sino su equilibrio.