La guerra entre Estados Unidos e Irán cumple siete meses con un mapa cambiante: sin ataques formales de gran escala hasta después del 3 de noviembre, pero con una batalla diaria por el control del estrecho de Ormuz que define el pulso económico del planeta. La tregua electoral anunciada por Donald Trump este jueves coexiste con un conflicto marítimo en caliente y un despliegue militar en plena expansión.
En el mar, el eje del conflicto es el estrecho de Ormuz, la vía por la que antes de la guerra fluía una quinta parte del petróleo mundial. Irán ha perdido el «casi control asfixiante» que ejercía sobre los flujos, mientras el Comando Central estadounidense escolta petroleros de noche con los sistemas de localización apagados. La estrategia ha permitido a los países del Golfo exportar a niveles casi previos a la guerra, apoyada además en oleoductos que evitan el estrecho. Pero el costo es alto: Irán ha intensificado los ataques contra tanqueros en los últimos días, el tráfico marítimo global por la vía sigue muy por debajo de los niveles previos, y los fletes con protección militar llegan a superar el millón de dólares diarios.
En el frente diplomático, el alto el fuego de 60 días firmado en junio por Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian colapsó en semanas. Trump rechazó a fines de septiembre la propuesta iraní de reabrir Ormuz en siete días a cambio de levantar sanciones, descongelar activos y cesar los ataques —»ese acuerdo no sería aceptable», zanjó—. Ahora, Irán confirma que recibió una contrapropuesta estadounidense y su canciller, Abbas Araghchi, anticipa respuesta formal en días, con el enviado Steve Witkoff manteniendo canales indirectos.
En el tablero militar, el Pentágono refuerza la región: el USS Theodore Roosevelt y su grupo de batalla —que partió de San Diego el 27 de septiembre en un despliegue previsto para más de siete meses— podría llegar a finales de octubre, junto al Makin Island con más de 2,000 marines. El USS George Washington relevó al Abraham Lincoln en agosto y el USS George H.W. Bush permanece desplegado, con una escala recreativa en Phuket, Tailandia.
Y en el frente regional, un conflicto paralelo complica el escenario: Arabia Saudí y el gobierno de Yemen lanzaron una campaña militar para expulsar del estrecho de Bab el-Mandeb a los rebeldes hutíes respaldados por Irán, quienes responden atacando aeropuertos e infraestructura saudí con drones y misiles. Siete meses después, la guerra ya no es solo entre dos países: es un pulso por las rutas del petróleo mundial.
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