«Si todos estuvieran juntos, arrasa el lugar y mata a todos». Estas fueron las palabras de Steven Smink, un exdueño de bolera de 62 años, quien desde su celda en Nueva Jersey planeó el asesinato de fiscales y jueces que lo habían condenado por incendio provocado. Smink, con un historial de violencia, no se conformó con cumplir su pena: quería venganza, y estaba dispuesto a usar a pandilleros y sicarios para lograrla. El complot, descubierto a tiempo, revela hasta dónde puede llegar la mente de un hombre obsesionado con la represalia.
El incendio que lo llevó a prisión En 2014, Smink admitió haber pagado a dos hombres para incendiar «Loyle Lanes», una bolera rival en Vineland, NJ, en 2010. El ataque, ejecutado con gasolina y queroseno, le valió una condena de 15 años. Pero su tiempo en prisión no apaciguó su sed de venganza. Entre 2018 y 2020, comenzó a planear algo aún más oscuro: asesinar a la fiscal Jennifer Webb-McRae, al fiscal adjunto Harold Shapiro, a dos jueces del Tribunal Superior y a otro fiscal adjunto que habían participado en su caso. Su objetivo era claro: hacer pagar a quienes lo habían condenado.
Pandilleros, sicarios y un informante Smink recurrió a lo más peligroso que encontró en prisión: miembros de la pandilla Latin Kings. Primero contrató a un compañero de celda vinculado a esta organización para que actuara como sicario, pero el pandillero murió antes de cumplir la misión. No se detuvo ahí: buscó a otra persona para reclutar a un nuevo asesino, sin saber que estaba hablando con un informante de las autoridades. En sus conversaciones, detalló cómo quería que los asesinatos parecieran un ajuste de cuentas entre pandillas, incluso instruyendo: «Si alguien disparara en el lugar, parecería que la pandilla recibió represalias».
Armas, dinero y una obsesión sin límites Para financiar su plan, Smink tenía pensado vender armas y recuerdos deportivos que aún poseía. Las autoridades interceptaron sus comunicaciones, donde quedó claro que no le importaba quién más resultara herido, siempre y cuando sus objetivos fueran eliminados. Su obsesión por la venganza lo llevó a idear un plan que, de haber tenido éxito, habría dejado un rastro de sangre entre funcionarios públicos inocentes.
Una sentencia que podría ser de por vida Smink fue declarado culpable de conspiración para cometer asesinato, intento de asesinato y porte ilegal de armas, y ahora enfrenta al menos 30 años de prisión, con la posibilidad de cadena perpetua. El fiscal general de Nueva Jersey, Matthew Platkin, dejó en claro que «este acusado planeó asesinar a servidores públicos por cumplir con su deber». El caso de Smink es un recordatorio aterrador de cómo la obsesión por la venganza puede llevar a una persona a planear crímenes horrendos, incluso desde detrás de las rejas, y de los riesgos que enfrentan quienes trabajan en el sistema judicial.
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